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¡Lee, maldito, lee!


Con los morados, pero también con el psoe (en minúscula, por favor), no hay salida victoriosa de esta pandemia y, mucho menos, del crack económico, laboral y social que ya llega. No caben los paños calientes y mucho menos intentar salvar la vida de un socialismo radicalizado desde que ZP intentó (y sigue en ello) volar por los aires la herencia del 78. El socialismo caballerista nos conduce a la ruina.
22.564 fallecimientos es una realidad demasiado cargante para morados y rojos.
El desgobierno que nos gobierna está enfadado con los muertos, con los moribundos, con los miles de infectados, con esos sanitarios que ya no quieren más aplausos, con los medios críticos, libres e independientes. El gobierno se ha convertido en un enemigo mortal de la democracia. El Covid es menos dañino para nuestro sistema que el socialcomunismo. 
Pero es que la realidad, a ver si nos enteramos, no va de que uno sea más rico que el vecino. En España la realidad es que el desgobierno que nos gobierna (manda) es una miríada de inútiles que nos conduce hacia la muerte y a la miseria total a quienes tocados por la gracia de Sánchez pasen a engrosar la lista de muertos o tarados mentales después del actual estado de excepción.
En Portugal, que nos pilla cerca, hay socialdemocracia. Una opción ideológica tan legítima como la liberal, la democristiana o conservadora. En España hay un socialismo trabucoide además de un partido morado que anhela el cuanto peor mejor para mantenerse en la cresta de la mierda.
Y no olvidemos que mucho vulgo con derecho a voto está en perfecta sintonía con lo que se predica desde el interior del huevo de la serpiente.
Y basta ya, cojones, de estar permanentemente demonizando a los empresarios en este puto país de paletos y gentuza que sueña con un PER, con ser funcionario o vivir gracias a la ayudita que todo político de mierda quiere poner en marcha para adoctrinar y medio llenar la tripa de una sociedad agusanada.
Detrás de “toda la riqueza del país está subordinada al interés general” se esconde una dictadura del horror. La que quiere meternos hasta el fondo el Iglesias de Podemos, que se entretiene animando a las fieras para que muerdan y descuarticen a Amancio Ortega y, junto a él, a todo empresario humilde y autónomo que hoy está en la ruina más absoluta.
En un país como el nuestro, donde se dice obrero para no emplear la palabra trabajador, resulta natural que los fabricantes del hambre obtengan el éxito en las urnas. E igualmente es propio de un páramo como el nuestro que la iniciativa privada sea perseguida, como ya lo es la libertad de prensa.
¿Quién  puede negar que la iniciativa privada ha reaccionado en España con más agilidad y eficacia que el desgobierno que nos gobierna con el aplauso de todas las tardes?
En la maldita España roja y morada está de moda atar en corto a empresarios hasta la asfixia total. Y los que sueñan con el PER y el maná del Estado, aunque proveniente de Europa, viven (es un decir) convencidos de que muerto el empresario, pequeño y mediano principalmente, se saldrá con más rapidez de la crisis, y hasta el coronavirus terminará por asustarse y se mandará a mudar, qué se yo, puede que a Corea del Sur, lugar donde en las últimas 24 horas no ha muerto nadie por culpa del bicho.
Escribe Manuel Hidalgo que “la felicidad es eso que siempre se nos escapa y que está en Innisfree.”
Aquí la vida se nos escapa y los únicos que tienen motivo para carcajearse son Iglesias, Sánchez, Marlaska, Lastra, Montero, Ábalos, Illa, Simón, Rosa María Mateo y los periodistas que han aceptado tener lombrices y rascarse el culo como hacen los perros.

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