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Periodista cobarde


Periodistas corruptos. Periodistas lameculos. Periodistas hediondos. Periodistas con el ego subido. Periodistas que no saben escribir. Periodistas que no saben vocalizar. Periodistas estrella. Periodistas políticos. Políticos periodistas.
Conozco a uno solo que es periodista cobarde.
No diré su nombre.
Trabaja en Tenerife. 
Nacido en el Puerto de la Cruz.
Es el único gran cobarde del que yo tengo conocimiento de su lastimosa existencia.
Mide, aproximadamente, un metro y setenta y cinco centímetros.
Está pesando en la actualidad alrededor de los setenta y siete kilogramos.
Lleva barba. Y juró que nunca se la volvería a quitar.
No ha renovado el vestuario desde que pesaba ciento dos kilos y fue intervenido para que le colocaran un par de estent en una arteria llena de grasa, o sea, hasta arriba de mierda. 
El corazón no podía más y dijo basta.
Hace tiempo que proclama sin cortarse un pelo que el periodismo es basura y calamidad, aunque sigue erre que erre dando la lata todos los días.
Trabaja en una radio.
Trabajó antes en una tele.
Trabajó antes en un periódico.
Trabajó antes al frente de un par de gabinetes de prensa.
Trabajó asesorando a políticos cuando las vacas gordas. (Con eso lo digo todo).
Anuncia con una antipatía enfermiza que un porcentaje muy alto de los invitados que recibe a diario resultan patosos, botarates, miserables, inservibles y caducos.
Luego tiene otros por lo que siente una admiración desmedida.
¡Minoría!
Es, pues, el periodista cobarde por excelencia.
Llora en casa y luego sale a la calle y recibe a los malditos en un estudio radiofónico que se convierte en un zulo.
El periodista dejó de creer en el oficio hace trillones de segundos.
Sobrevive porque actúa. Bueno, porque miente, bueno, porque la hipocresía aún no se vende en farmacia.
Y exhorta a que las personas libres no se informen jamás a través de él.
El psicoanalista le recomienda que para quitarse de encima el Salario Mínimo Interprofesional que algún día sueña con alcanzar/acariciar/domeñar, lo que tiene que hacer es releer una vez más “Del sentimiento trágico de la vida” por decimocuarta vez.
¡Periodista cobarde!
No me pidan que dé su nombre.
Ustedes nunca sabrán de quien hablo.

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