Caerte, y saber que te han visto, es horrible cuando lloras.
Aquí un llorón y un busca pelea cuando hay constancia de ser el hazmerreír.
No quiero ayuda, no quiero manos, no quiero voces a mi lado.
La primera vieja que ser acercó recibió la mirada paralizante.
Los otros que se aproximaban para socorrer al herido dieron marcha atrás.
Miró las rodillas. Un asco. La sangre, la inflamación.
Porque este bulto, más prominente en la rodilla izquierda que en la derecha no puede ser normal.
Recojo la mochila y vuelta a caminar.
Las huertas, hermosas, verdes, ¡las parras!;
abejas y pájaros, mirlos, gorriones, dos gatos, ¡en serio!, dos gatos
que no hablan pero piensan cosas muy simples y directas del tronco caído.
Las manos ya duelen y, la cabeza, no, mejor dicho,
en el interior de la cabeza se ha despertado el enano cabrón
que todos los días, (siempre encuentra un instante),
jode mi existencia con su batería y el chocar de sus huevos.
Ahora los ojos se fijan en el asfalto. Aceras, señales de tráfico,
coches, viandantes, absurdos viandantes, papeleras.
Quiero llegar a casa para narrar la caída.
Más o menos así.
"Qué hermosa la tierra y los frutos, y el hombre con las manos, encorvado, sudando, y los pájaros ensimismados contemplando la labor del agricultor, ya viejo, pero fuerte, roca, lleno de vida, naturaleza sabia, más de Dios que de la ciudad. Y el hoyo, también vivo, esperándome. Con hambre. Y la caída estrepitosa, jubilosa, en cámara lenta. A la muerte se le hizo la boca agua. Pero no. Esta vez no. Tampoco pudo conmigo cuando caí de la moto de C., y al levantarme enseñé con todos los dientes en su sitio que las magulladuras eran poca cosa para mí. Pero sé que no llegaré a viejo. Lo sé porque es muy normal que a lo largo de la semana caiga varias veces en un hoyo. No el mismo hoyo. Pero eso tiene que significar algo a la fuerza".
----------------
"¿Que eres bobo, mi vida!"
Aquí un llorón y un busca pelea cuando hay constancia de ser el hazmerreír.
No quiero ayuda, no quiero manos, no quiero voces a mi lado.
La primera vieja que ser acercó recibió la mirada paralizante.
Los otros que se aproximaban para socorrer al herido dieron marcha atrás.
Miró las rodillas. Un asco. La sangre, la inflamación.
Porque este bulto, más prominente en la rodilla izquierda que en la derecha no puede ser normal.
Recojo la mochila y vuelta a caminar.
Las huertas, hermosas, verdes, ¡las parras!;
abejas y pájaros, mirlos, gorriones, dos gatos, ¡en serio!, dos gatos
que no hablan pero piensan cosas muy simples y directas del tronco caído.
Las manos ya duelen y, la cabeza, no, mejor dicho,
en el interior de la cabeza se ha despertado el enano cabrón
que todos los días, (siempre encuentra un instante),
jode mi existencia con su batería y el chocar de sus huevos.
Ahora los ojos se fijan en el asfalto. Aceras, señales de tráfico,
coches, viandantes, absurdos viandantes, papeleras.
Quiero llegar a casa para narrar la caída.
Más o menos así.
"Qué hermosa la tierra y los frutos, y el hombre con las manos, encorvado, sudando, y los pájaros ensimismados contemplando la labor del agricultor, ya viejo, pero fuerte, roca, lleno de vida, naturaleza sabia, más de Dios que de la ciudad. Y el hoyo, también vivo, esperándome. Con hambre. Y la caída estrepitosa, jubilosa, en cámara lenta. A la muerte se le hizo la boca agua. Pero no. Esta vez no. Tampoco pudo conmigo cuando caí de la moto de C., y al levantarme enseñé con todos los dientes en su sitio que las magulladuras eran poca cosa para mí. Pero sé que no llegaré a viejo. Lo sé porque es muy normal que a lo largo de la semana caiga varias veces en un hoyo. No el mismo hoyo. Pero eso tiene que significar algo a la fuerza".
----------------
"¿Que eres bobo, mi vida!"
Comentarios
Publicar un comentario