92 mil kilómetros cuadrados, más de 2 millones de
habitantes, lo llaman elecciones autonómicas, pero todo se fabrica para saber
si Casado puede afirmar que la tiene más larga que Sánchez. Y que Sánchez,
al fin, es algo más que unos morritos mirando a la cámara del lacayo de turno y
que también tiene un falo para abarcar una de las dos regiones más extensas de
toda Europa. Ahí es nada. Y a todo esto lo llaman democracia representativa
pero nunca lupanar.
Hablo de las elecciones del 13 de febrero en Castilla y León.
¿Cómo mueren las democracias? Así, claro. Populismos como
setas, latrocinio, laboratorios de ideas que sirven para crear monstruos,
asesores para esputar veneno y polarización.
La cuarta economía del euro se niega a mirar hacia Italia y
Portugal.
Quien de verdad quiera democracia representativa que dé un
salto pequeño y se nacionalice portugués. Quien apueste por la tecnocracia con
respaldo democrático de las dos cámaras elegidas por el pueblo en votación, el
azzurro es su color. Costa y Draghi podrían perfectamente enseñar a nuestros
líderes bipartidistas lo que es gestionar pensando en el bien común y enterrar
(se puede morir en el intento, claro) la politización hasta en el respirar.
Costa en Portugal no tragó con el chantaje de la extrema
izquierda. Sánchez no es que trague, es que los supositorios Rovi en manos de
ERC, Bildu, BNG y PNV entran con facilidad asombrosa en el cuerpo del
monclovita.
Draghi en Italia fue llamado para hacer lo mismo que había
hecho en el BCE. Terminará siendo presidente de la República pero antes debe
concluir el quehacer supremo de organizar Italia de arriba a abajo.
¿Y España? Pues España es hoy CyL y Eurovisión. El festival
se celebra en mayo, pero ya tienen los bares tema de conversación. Y el
Gobierno, los diputados, la Conferencia Episcopal Española, todos con una teta
que si fuera o si la Chanel (a punto estuvo Spielberg de elegirla para su
última película: no es broma. Quedó quinta en el casting para el papel de
Anita) es la number one de verdad.
La política española hace que Downing Street se convierta en
un ágora.
Y hoy, precisamente hoy, 2 de 2 de 1922 se cumplen 100 años
de la publicación de “Ulises” de James Joyce. ¡Casi nada!
Soy culpable.
Confieso que antes de ir a la mili leí el
"librito". No entendí nada pero me fascinó cómo se sucedían las
palabras. Un tsunami de palabrejas que a menudo se juntaban, en otras ocasiones
llegaba el punto y seguido, y frenazo que te pego. Saltos, retrocesos. Personajes
que aparecían sin más y morían sin más o vete tú a saber qué ocurría con ellos.
Cosas así. Navegué por ella sin marearme pero sin rumbo. No recuerdo ni el
famoso monólogo. Pero me pasa también con otras obras.
¿Por qué no es así con Tostói, Cervantes, Borges, Neville,
Dostoyevski, Cela, Llosa, Proust? ¿Entretenimiento?
Por ejemplo, con Proust y su “En busca del tiempo perdido”
me lo pasé pipa. En serio. Los volúmenes de la gran obra se consumieron con
fruición. Hambre de Proust.
Con “Ana Karénina” y “Guerra y Paz” del barbudo ruso igual
que con el francés, aunque de Tostói me quedo sin dudarlo con sus cuentos. Lo
de Cervantes fue una pasada, y El Quijote, leído en Madrid, casi muerto de
hambre, hizo que tardes y noches frías y oscuras se iluminaran en una pensión
de mala muerte. Con “Crimen y Castigo” volvía atrás cincuenta páginas o así
para luego seguir. No quería terminar la lectura.
Ahí está el librito de Joyce. Lo veo. En mi biblioteca que
es mi mundo. Bien cuidadito. “Dublineses” y sus más de 12 relatos, creo, me
seduce cuando regreso a él.
Entretenimiento, palabra maldita solo apta para lectores
inteligentes.
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